25. Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo

Como alma omnisciente, pero también generosa, quisiera compartirles, mientras refresco mis mecanismos de materialización, un esbozo de mi cuaderno mental de notas sobre el caso Menta. Lo llamo así, lo sé, el caso Menta, porque quiero convencerme de que estoy aquí para elucidarlo, no para resolver alguna tesis filológica o siquiera estética. Lo que pasa es que no dejo de poner paréntesis marginales (como el repelente y repelido Dukas) a todo lo que llevo investigado. Es difícil olvidarse de todo.  

Lucas Manchón: con la excepción de la despensa del Cerro, lo veo muy desvinculado del caso. No obstante, algo sabe que incluso el más omnisciente ignora. Su sanchificación (oh, qué nostalgia de mis manuales, escritos en la brisa del verano norteño, mientras todos se iban a la playa) es un proceso casi irreversible (constato que no me disgustan las novelas de este muchacho, se vale del castellano como pocos…).

Néstor Juárez: no sé —y sé que es incongruente con mi naturaleza— qué se trae este hombre entre manos con lo de las páginas que faltan o no faltan y los libros que desaparecen y aparecen. ¡Está detrás de todo! (de su novelística poco tengo que decir. Y cada vez menos…).

Erik Dukas: es, como su escritura ensayística, un continuo dislate. El otro día —perdonen que no les pusiera al tanto, a veces es difícil llevar para adelante todos mis roles: detective, filólogo, narrador…— estuvo cien, y hasta mil veces, postulando y despostulando (con sus correspondientes paréntesis) la teoría del suicidio de Inés, llegando casi a expulsarme verbalmente del Cerro: “No sé qué pinta ya usted aquí, inspector, la verdad” (de sus ensayos mejor no hablar…).

Eliseo Litti: anda nervioso —aún más, quiero decir— porque no le investigo sus camaritas. ¡Como si me hicieran falta! Por otra parte, les adelanto que el gran poeta visual y tecnológico acaba de ser designado entre los becados del Cerro para organizar la kermés (fiestita la llama con desdén su amigo Juárez) que pondrá fin al curso de la beca (tiene todo el tiempo del mundo para ello, con su poesía monosilábica…).

Ifigenia Asdrúbal: valiente oscuridad la suya… Compañera de envidias con Rosita Menuda. Entre estas dos y el mexicano-colombiano se puede cocer todo. Siempre me esquiva —como si pudiera—, así que tendré que personarme oficialmente ante ella (¿lo suyo es poesía, prosa o ninguna de las dos? Quién sabe).

Rosa Menuda: mentirosilla y envidiosa a partes casi iguales. Quiere ser la poeta que suceda a Inés en las copiosas ventas de poemarios —por Dios, qué diría Miguel Hernández desde la pobreza de sus cebollas—, pero no me la imagino asesinando (por lo demás, copia cada vez más a Inés…).

Antonio y Antonia: saben más. Y espero encontrar el vermú que les haga hablar.

Inés Menta: ¡la mataron! Y nadie me lo va a quitar de la cabeza (por cierto, su misteriosa poesía me está gustando…).

Ahora, después del artificio de estos fuegos, ya puedo seguir adelante. 

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